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Una vez en Virginia

By Valentino

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Book Id: WPLBN0100002961
Format Type: PDF (eBook)
File Size: 1.33 MB.
Reproduction Date: 10/10/2010

Title: Una vez en Virginia  
Author: Valentino
Volume:
Language: Spanish
Subject: Fiction, Drama and Literature, Science fiction
Collections: Authors Community, Adventure
Historic
Publication Date:
2010
Publisher: Self-published
Member Page: Valentino -

Description
Cuentan que Amukhori, a los doce años y en las gradas de la catedral, fue el primero en desafiar a los curas del pueblo. Su nombre, anómalo en aquel lugar tras quinientos años de conquista española, pasó a ser motivo de respeto y asombro, en unas por su simplicidad y en otras por su rareza, puesto que nadie logró encontrarle nunca el significado, «el secreto», ni siquiera su madre Sigfrida. Su padre don Policarpo, que era el cartero de la comunidad, se justificaba diciendo que lo había leído en una revista venida del «Sol Naciente»; nadie le creyó, pero sí que lo asociaron con los viajes que el viejo repartidor hacía por el país entero, entregando cartas, y del que se sabía había vivido un tiempo con los hicaques en la Montaña de la Flor y los chortís que todavía se esconden en algunas partes de la provincia. Amukhori, aunque era suertudo, no la tuvo desde el principio. Don Policarpo murió estando él en pañales, y lo único que recuerda de su artrítico anciano fue lo que le contó un día la abuela: que al nacer, su progenitor había gritado al viento con orgullo y risa chabacana: «Acaba de nacer uno que va a llegar a ser el papá de muchos». Y acto seguido, se había puesto a rezarle, en el borde del duro catre y sobre una palangana llena de agua, una especie de padre nuestro a un tal Malotá[ Así llamaban antiguamente a Dios los hicaques, torrupanes, de Yoro.]. Amukhori, a como lo recuerdo, no necesitó de encantamientos; cualquiera, al verlo, se hubiera dado cuenta que Dios lo había dotado con un conocimiento privativo que sólo Amukhori conocía, un instinto superdotado que algunos llaman “presentimiento”. Para otros, los curas, lo que se decía que él era capaz de hacer no pertenecía a las fuerzas de este mundo. Añadían que Amukhori guardaba el secreto de saber escuchar al viento, de sentir las voces de la tierra, percibir el habla de los árboles y los animales y transformarse en cualquier objeto de la Naturaleza.

Summary
Cuentan que Amukhori, a los doce años y en las gradas de la catedral, fue el primero en desafiar a los curas del pueblo. Su nombre, anómalo en aquel lugar tras quinientos años de conquista española, pasó a ser motivo de respeto y asombro, en unas por su simplicidad y en otras por su rareza, puesto que nadie logró encontrarle nunca el significado, «el secreto», ni siquiera su madre Sigfrida. Su padre don Policarpo, que era el cartero de la comunidad, se justificaba diciendo que lo había leído en una revista venida del «Sol Naciente»; nadie le creyó, pero sí que lo asociaron con los viajes que el viejo repartidor hacía por el país entero, entregando cartas, y del que se sabía había vivido un tiempo con los hicaques en la Montaña de la Flor y los chortís que todavía se esconden en algunas partes de la provincia. Amukhori, aunque era suertudo, no la tuvo desde el principio. Don Policarpo murió estando él en pañales, y lo único que recuerda de su artrítico anciano fue lo que le contó un día la abuela: que al nacer, su progenitor había gritado al viento con orgullo y risa chabacana: «Acaba de nacer uno que va a llegar a ser el papá de muchos». Y acto seguido, se había puesto a rezarle, en el borde del duro catre y sobre una palangana llena de agua, una especie de padre nuestro a un tal Malotá[ Así llamaban antiguamente a Dios los hicaques, torrupanes, de Yoro.]. Amukhori, a como lo recuerdo, no necesitó de encantamientos; cualquiera, al verlo, se hubiera dado cuenta que Dios lo había dotado con un conocimiento privativo que sólo Amukhori conocía, un instinto superdotado que algunos llaman “presentimiento”. Para otros, los curas, lo que se decía que él era capaz de hacer no pertenecía a las fuerzas de este mundo. Añadían que Amukhori guardaba el secreto de saber escuchar al viento, de sentir las voces de la tierra, percibir el habla de los árboles y los animales y transformarse en cualquier objeto de la Naturaleza.

Excerpt
Cuentan que Amukhori, a los doce años y en las gradas de la catedral, fue el primero en desafiar a los curas del pueblo. Su nombre, anómalo en aquel lugar tras quinientos años de conquista española, pasó a ser motivo de respeto y asombro, en unas por su simplicidad y en otras por su rareza, puesto que nadie logró encontrarle nunca el significado, «el secreto», ni siquiera su madre Sigfrida. Su padre don Policarpo, que era el cartero de la comunidad, se justificaba diciendo que lo había leído en una revista venida del «Sol Naciente»; nadie le creyó, pero sí que lo asociaron con los viajes que el viejo repartidor hacía por el país entero, entregando cartas, y del que se sabía había vivido un tiempo con los hicaques en la Montaña de la Flor y los chortís que todavía se esconden en algunas partes de la provincia. Amukhori, aunque era suertudo, no la tuvo desde el principio. Don Policarpo murió estando él en pañales, y lo único que recuerda de su artrítico anciano fue lo que le contó un día la abuela: que al nacer, su progenitor había gritado al viento con orgullo y risa chabacana: «Acaba de nacer uno que va a llegar a ser el papá de muchos». Y acto seguido, se había puesto a rezarle, en el borde del duro catre y sobre una palangana llena de agua, una especie de padre nuestro a un tal Malotá[ Así llamaban antiguamente a Dios los hicaques, torrupanes, de Yoro.]. Amukhori, a como lo recuerdo, no necesitó de encantamientos; cualquiera, al verlo, se hubiera dado cuenta que Dios lo había dotado con un conocimiento privativo que sólo Amukhori conocía, un instinto superdotado que algunos llaman “presentimiento”. Para otros, los curas, lo que se decía que él era capaz de hacer no pertenecía a las fuerzas de este mundo. Añadían que Amukhori guardaba el secreto de saber escuchar al viento, de sentir las voces de la tierra, percibir el habla de los árboles y los animales y transformarse en cualquier objeto de la Naturaleza.

 

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